De los seguidores a los votos: el verdadero desafío de crear un partido político en República Dominicana

La reciente advertencia de la Junta Central Electoral (JCE), al recordar que constituir un partido político en República Dominicana “no es solo reunir seguidores”, trasciende el ámbito estrictamente jurídico y plantea una discusión política de especial relevancia de cara a las elecciones de 2028.
En una época en la que las redes sociales han reducido considerablemente los costos de comunicación política, existe una tendencia creciente a confundir popularidad digital con fuerza electoral. Miles de seguidores, millones de reproducciones o una elevada interacción en redes pueden producir la impresión de que detrás de una figura pública existe automáticamente una estructura política capaz de competir en unas elecciones.
Pero no necesariamente es así.
La política electoral requiere algo que las redes sociales, por sí solas, no pueden garantizar: organización.
La propia JCE recuerda que la Ley 33-18 establece exigencias legales, territoriales y financieras para el reconocimiento de nuevas organizaciones políticas. Entre ellas se encuentra la recolección y validación de firmas equivalentes al 2 % de los votos emitidos en las últimas elecciones. Tomando como referencia los 4,429,079 votos emitidos en las elecciones de 2024, ese porcentaje representa aproximadamente 88,600 firmas.
La diferencia entre conseguir 88,600 seguidores y conseguir 88,600 ciudadanos dispuestos a respaldar formalmente la creación de una organización política es enorme.
El seguidor digital puede estar dentro o fuera del país, puede seguir simultáneamente a múltiples dirigentes, consumir contenido político sin intención de votar o simplemente identificarse con determinadas opiniones. La firma, en cambio, exige un nivel de compromiso político considerablemente mayor.
Pero incluso superar ese requisito no garantiza el éxito.
La JCE también recuerda la necesidad de contar con estructura física, directivas operativas, presencia territorial y planificación financiera. Es decir, el sistema electoral exige que detrás de una nueva organización exista algo más que un liderazgo individual: debe existir una organización capaz de funcionar.
Este punto resulta particularmente importante en un sistema político dominicano donde el personalismo continúa teniendo un peso considerable.
Durante décadas, la política nacional ha estado marcada por grandes liderazgos alrededor de los cuales se construyeron partidos y movimientos. Sin embargo, el desarrollo de las redes sociales ha introducido una nueva posibilidad: que una persona pueda acumular una considerable influencia política sin disponer de una organización tradicional.
El problema aparece cuando esa influencia debe transformarse en votos.
Las redes sociales producen audiencia; las organizaciones políticas producen coordinación. Las primeras permiten comunicar un mensaje de manera rápida y masiva; las segundas permiten movilizar personas, construir estructuras territoriales, reclutar dirigentes, presentar candidaturas y defender los votos obtenidos en las urnas.
Por eso, el verdadero capital político de un proyecto emergente no debería medirse únicamente por el número de seguidores que acumula, sino por su capacidad para transformar esos seguidores en militantes, sus militantes en estructuras y sus estructuras en votos.
Existe además una segunda dimensión que merece atención: el financiamiento.
Crear y mantener una organización política requiere recursos. Locales, personal, transporte, actividades, comunicación, tecnología, asesoría jurídica, contabilidad y presencia territorial representan costos permanentes. La exigencia de presentar presupuestos y proyecciones financieras no es, por tanto, un asunto meramente administrativo. También determina quién tiene capacidad real para entrar y permanecer en la competencia política.
Esto plantea una tensión inherente a cualquier democracia.
Por un lado, resulta conveniente facilitar la aparición de nuevas opciones para evitar que el sistema político quede cerrado alrededor de los partidos tradicionales. Por otro, una proliferación excesiva de organizaciones puede producir fragmentación, dispersión del voto y partidos con escasa representatividad electoral.
República Dominicana enfrenta precisamente esa paradoja. La existencia de 41 organizaciones políticas y siete movimientos reconocidos demuestra que existe un nivel considerable de pluralidad institucional. Sin embargo, la competencia efectiva por el poder continúa concentrándose en un número mucho menor de fuerzas políticas.
Por ello, el reconocimiento jurídico de un partido no debe confundirse con su consolidación política.
La fecha del 20 de febrero de 2027, establecida como límite para depositar la documentación necesaria para participar en las próximas elecciones, añade presión a los proyectos que actualmente exploran la posibilidad de convertirse en nuevas fuerzas políticas.
A partir de ahora, quienes aspiren a competir en 2028 tendrán que responder preguntas que ninguna red social puede contestar por sí sola: ¿dónde está su estructura territorial?, ¿quiénes son sus dirigentes?, ¿quiénes son sus militantes?, ¿cómo se financiará la organización?, ¿cuál es su programa político?, ¿qué candidatos presentará y, sobre todo, qué capacidad tiene para convertir su popularidad en votos?
La advertencia de la JCE, por tanto, puede interpretarse como un recordatorio oportuno de una regla fundamental de la política: la visibilidad no es organización y la popularidad no es necesariamente poder electoral.
El gran desafío para los nuevos actores políticos dominicanos será precisamente superar esa distancia.
El escenario de 2028 podría estar marcado por nuevos liderazgos surgidos de las redes, de los medios de comunicación, de organizaciones sociales o de sectores empresariales y profesionales. Algunos podrán convertirse en verdaderas alternativas electorales. Otros descubrirán que disponer de una audiencia considerable no significa necesariamente disponer de una base política.
La diferencia estará en la capacidad de construir organización.
Al final, una elección no se gana con seguidores, sino con votos. Y detrás de los votos suele existir una maquinaria mucho menos visible que una cuenta de redes sociales: dirigentes locales, militantes, recursos, estructura territorial, candidatos, fiscales y ciudadanos dispuestos a movilizarse.
Ese es, probablemente, el verdadero mensaje político detrás de la advertencia de la JCE: crear un partido puede comenzar con una idea y un liderazgo, pero solo se convierte en una fuerza política cuando esa idea logra organizar a la sociedad alrededor de ella.